Viernes, 24 de octubre de 2014


Hace pocos días leí en la prensa una noticia sobre la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que llamó mi atención. En ésta, la organización internacional recomendaba un mayor consumo de insectos como una alternativa razonable para acabar con el hambre, y justificaba su propuesta debido al elevado valor nutricional de estos y a una producción barata de los mismos. Así, por citar un único ejemplo, el contenido de proteínas, vitaminas y minerales de los gusanos de la harina es similar a la del pescado y la carne.

Para la FAO expandir la superficie dedicada a la agricultura no es ya una opción sostenible. Los océanos están sobreexplotados y el cambio climático augura complicaciones a la producción de alimentos. Para hacer frente a la hambruna, los expertos de la ONU creen que un mejor aprovechamiento de los insectos como alimento podría ser una alternativa interesante, sobretodo para la alimentación de nuestras granjas de animales.

Según la FAO, entre las ventajas para montar granjas de insectos se situaría el hecho de que emiten menos gases de efecto invernadero que la mayoría del ganado (solo las termitas y las cucarachas emiten metano) y sus emisiones de amoniaco son también muy inferiores a las de la ganadería convencional, como los cerdos.

Por otra parte,comer insectos no es nada nuevo. O al menos en muchos lugares ajenos a nuestra órbita cultural, sobretodo en zonas cercanas a los trópicos y también donde quiera que los alimentos, por una u otra causa, escasean. Según datos publicados por el diario ‘El País’ los insectos que los humanos consumen mayormente son los escarabajos (31%), las orugas (18%), las abejas y hormigas (14%), los saltamontes, langostas y grillos (13%), las cigarras, saltamontes, chicharritas, cochinillas y chinches (10%), las  libélulas (3%) y… las moscas (2%).

Son datos que pueden animarnos a consumir estos bichejos tan feos, pero la realidad es que en países como el nuestro tal consumo parece complicado, por no decir improbable, debido al rechazo generalizado que provocan. Y no es que, digo yo, no podamos llegar a acostumbrarnos a consumir saltamontes, escorpiones, arañas, avistpas, moscas  u otras ‘lindezas’ parecidas, pues según dicen los expertos de la ONU la dificultad principal reside en nuestra educación y costumbres, que  consideran podrían  verse modificadas con alguna que otra campaña de por en medio.

De todo esto deduzco que las indicaciones de la FAO están orientadas más hacia los países que ya han introducido en su vida cotidiana tales costumbres alimentarias. Con lo cual tampoco creo que el mencionado informe vaya a producir grandes cambios. Lo que tampoco le quita mérito, puesto que visto con optimismo posiblemente algunos de sus consejos podrían, si se llevasen a la práctica en nuestros lares, contribuir a disminuir el volumen de ciertas plagas relacionadas con algunos de esos insectos comestibles. Después de todo, nosotros consumimos caracoles, y aunque a algunos ese pensamiento les provoque asco, lo cierto es que a otros les encantan. También en otras culturas comen perros, gatos e incluso monos (dicen que el SIDA llegó por esta última vía), pero a nosotros no nos hace ni pizca de gracia esa idea.

Hoy, según datos de la misma FAO, -que Esther Vivas nos recuerda-, podemos producir alimentos suficientes en nuestro planeta para unos doce mil millones de habitantes. Pero el problema no estriba tanto en la producción sino en la distribución de esa producción. Una repartición que resulta difícil de organizar, y más aún complicada de financiar, y necesaria para asegurar un reparto más equitativo de los alimentos y de que puedan llegar en buenas condiciones hasta al sitio donde se necesitan. Yo veo, además, un peligro añadido en las grandes multinacionales que presionan a los gobiernos para quedarse con el monopolio de las semillas, estableciendo patentes que después obligarían al payés a pagar un canon para poder producir una lechuga o lo que se tercie.

Otros asuntos empresariales, como las grandes plantaciones de palma de aceite, el cultivo oleaginoso que mayor cantidad de aceite produce por unidad de superficie plantada, o de soja o maíz destinados a la fabricación de biodiesel, están creando también serios desajustes en la cuestión alimentaria, consiguiendo que se eleven los precios de productos que son básicos en la alimentación de ciertas comunidades. El impacto medioambiental de tales comercializaciones es importante, pues significa un aumento de la deforestación de los bosques nativos y el desplazamiento de los cultivos tradicionales y variados,  y para la ganadería la destrucción del ecosistema y la biodiversidad, así como la expulsión de los trabajadores rurales hacia otras áreas.

De lo anteriormente afirmado puede deducirse que mi respuesta para acabar con el hambre no pasa tanto por aumentar el número de las especies de insectos comestibles que ya se comen habitualmente en ciertos países de África, Asia y América Latina –y que Vivas sitúa en el orden de las 1.900-, sino en exigir una  mayor justicia social y solidaridad en las políticas agrícolas y alimentarias mundiales. En cuanto a ciertas afirmaciones de que casi dos mil millones de humanos ya estarían consumiendo insectos en su dieta habitual parece  que son fundadas.

Un ecologista en El Bierzo.


¿Comer insectos para acabar con el hambre? 18/05/13. Esthervivas.com.

Edible insects: Future prospects for food and feed security (Insectos comestibles: perspectivas de futuro para la seguridad alimentaria y la alimentación). 2013. FAO. (En inglés).

La ONU insta a comer insectos para combatir el hambre en el mundo. 13/05/13. Elpais.com.

Un estudio augura catástrofes naturales causadas por el cambio climático. 20/05/13. Elpais.com.

Más información en: http://unecologistaenelbierzo.wordpress.com

Comentarios

[...] La FAO recomienda consumir más insectos para acabar con el hambre. 22/05/13. Ecobierzo.org/unecologistaenelbierzo/. [...]

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